Supo que era mujer de un sólo instante, y todo lo demás era perdido. Instantes que no perduran eternamente, que se desaparecen, como se desaparece el agua que corre y no es ya el mismo agua nunca. Momentos que no vuelven, y era absurdo tratar de retenerlos, porque no es posible. Carla soportó los días torturada por sus propios deseos, y pidió la muerte de verdad enterándose de lo que era, y esta le llegó un día de otoño, acostándola desnuda sobre la hierba. Allí estaba Carla, desnuda, serena, como una diosa en un cuadro de Boticelli, con el mirar oscuro de desamparo. Carla, sola y desnuda, disfrutó cuanto menos de su instante final en aquel lugar. Cerraba los ojos entregándose mientras dos hojas de abedul le caían en el vientre, en aquel vientre de diosa y de mármol rosáceo, en aquella exquisita manera de entregarse a la misma muerte con la vida toda latiéndole en las manos. Entregada, desnuda, tal y como ella concebiera la belleza por primera vez, en aquel otro cuerpo, en el dolor de su visión, en el malestar de aquello que le había atraído tanto, cuando ella se iniciaba al mundo a través de unos ojos aún inocentes, cuando la pepita del sentir había prendido en ella, cuando Carla se iniciaba en el deseo, entonces, hace tiempo, cuando no supo ya salir de aquel lugar, atrapada, cuando falleció en sí, cuando Carla aun ignoraba que era ya un ser de un solo instante.