''Moreniña por te ver''
''Pasei o mar da Marola''
''A piques de me perder''.
He ahí la apoteosis del cancionero tradicional coruñés. Tríada céltica –como diría don Manuel Murguía- en la forma. Y un mensaje definitivo no hondo: Hace falta arriesgarlo todo para buscar la belleza.
A Coruña, luz y viento, una piedra clavada en el Atlántico. Y la Torre, ese gigante, entre las Mariñas y la Costa da Morte, antorcha encendida para abrir caminos en el Océano, o –lo que es lo mismo- para abrir caminos entre todos los misterios.
Ruido, humo, cemento... la pátina urbana turba a veces la percepción de los habitantes de esta ciudad, y no nos permiten sentir las magnitudes cósmicas –piedra, mar, luz y viento- entre las que armamos nuestra vida.
Afortunadamente llegó Gwendolyn, una nueva ética en la mirada, para darnos perspectiva.
Viene del Lejano Oriente, viene de Taiwán, la isla Formosa como le llamaron los portugueses. Y quizá por ello, porque llegó literalmente del otro lado del mundo, sintonizó directamente con ese misterio de luz que se llama A Coruña. Milagro de la realidad, tal y como lo formuló la poeta Luisa Villalta en su libro En Concreto:
''O meu nome é o da Cidade Alta''
''Nacido onde a luz e o mar''
''Se están orixinando mutuamente''
A Coruña, nau enfeitizada –la definió Devesa Monterroso-, mar de la serpiente, luz, piedra, agua, viento, y nosotros dentro. Aquí, en concreto, donde brota a cada instante la maravilla. Milagro de lo cotidiano que explota en los labios cada vez que pronunciamos la palabra mágica: ¡Orzán!
Embarquemos pues en este libro-manifiesto. Contra el frío malestar del cemento, la mirada de Gwendolyn Luo. Destino: belleza, la mejor travesía de futuro para esta ciudad barco que se llama A Coruña.
''Ai! Moreniña por te ver...''
''Xurxo Souto''
A Coruña, junio 2008
[http://www.lavozdegalicia.es/coruna/2008/08/05/0003_7038040.htm|Artículo de La Voz de Galicia]
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